Así es, amigos. Esta semana me he puesto a dieta.
Quietos paraos, que ya sé lo que me vais a decir.
¿Pero qué me estás contando? ¡Si estás estupenda!
Y no voy a ser yo la que os quite la razón. ¡Es cierto que estoy estupendísima! PERO.
Cuando era adolescente "los kilitos de más" me sacaban de mis casillas. Lo escribo entrecomillado porque yo siempre estuve más bien delgada, pero al hacerme mayor, es decir, volverse más anchas mis caderas y otras cosas que ya todos conocéis muy bien, servidora pensaba que estaba más bien rellenita.
Ya ves tú qué tontería. Como si tener muslos y caderas fuera cosa de Satanás. Pues eso me parecía a mí. Con el tiempo mi mentalidad cambió y ahora no me quita el sueño nada de nada engordar algún kilillo o tener en vez de pantorrillas unas fuertes columnas jónicas.
Porque seamos sinceros: me encanta comer. Y ¡ay, madre! si me mentáis el picoteo. Mmmmmm.
Pero volvamos a ser sinceros: también me gusta estar buenorra.
Y como todo no se puede tener en esta vida (ojalá ser Gisele Bundchen y comer tartas de chocolate diariamente), a veces hay que hacer algún pequeñísimo-gran sacrificio e intentar quitarse esos michelines que han surgido como por arte de magia durante el verano.
Así es como han aparecido en mi vida las endivias, el lenguado, los yogures desnatados (y edulcorados, ¡ojo!), el pavo, los guisantes y demás amiguitos súpermegapetecibles.
Se acabó disfrutar de unas galletitas al levantarme de la siesta.
Hasta luego diré a mis desayunos con bollería industrial de la buena.
Ya no más salsas carbonara, cuatro quesos y a la pimienta.
De momento, los dos días que llevo a dieta no lo estoy pasando tan mal.
Queda una hora para cenar. ¡¿Una hora AÚN?! ARGFFGGGGGGGGGGG.
Esto es más duro de lo que pensaba. ¡Ya lo tengo! Para no pensar más en tortellinis y donuts gigantes me dedicaré a hacerme fotos y postearlas después.
A ver cuánto me dura esta pequeña triquiñuela;))
¡Besos para todos!














