Cuando era pequeña... lo reconozco: abusaba del siesque demasiado.
Me apuesto cualquier cosa (¡cualquiera!, ¿oís?) a que vosotros también lo hacíais... y lo hacéis.
Ilusa de mí, pensaba que era yo el único ser humano con este peculiar y personal "oráculo".
Me sentía especial porque yo sabía cómo iba a ser el futuro... y los demás no. Eran tan tontos que no habían reparado en que para averiguarlo, bastaba con preguntar. Tan sencillo como eso.
¡Claro, amigos!
Las margaritas me desvelaron el misterio.
'Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere,... ME QUIEREEEE.'
Por qué no. El azar me ayudaría a saber no solo si ese chico tan guapo de mi clase me quería, si no que me desvelaría secretos más complejos de mi futuro. Y además me quitaría preocupaciones, porque, a pesar de mi corta edad, ya andaban pululando por mi cabeza algunos "miedos".
- Si ese señor que está frente a mí al otro lado del semáforo me mira, es que nunca me partiré un pie.
(¡Ha mirado! ¡Bien! Qué alivio...)
- Si cuando llegue a casa hay macarrones para comer... es que todos los chicos del instituto suspiran por mi.
(¡Espaguetis!... Bueno, más o menos. ¡No todos... pero casi todos los chicos suspiran por mi!)
- Si durante todo el camino hasta que llegue a casa piso las baldosas sin rozar los bordes... es que toda mi vida tendré buena salud y moriré a los 90 años de viejecita, rodeada de mis guapísimos y cariñosos nietos.
(¡Lo he hecho! Yuhuuu... vida plena asegurada)
Cuando quería lograr una predicción favorable, obviamente mi condición para conseguirla era ultra-sencilla. Véase en los ejemplos anteriores.
Pero ¡ay! si lo que yo quería averiguar era si iba a sucederme algo negativo...
- Si justo a las 23'12 horas exactas llama mi abuela para invitarme a ir de vacaciones a... qué sé yo, Benidorm, es que nunca me casaré ni tendré hijos (ya ves tú, cosas que me preocupaban a mí a los 10 años).
- Juliaaaaaa. Es la yaya, quiere hablar contigo.
- ¡Dios mío! ¿Cómo puede estar esto pasando? Si esta mujer siempre se acuesta a las 21'00...
- Hola cariño.
- Qué pasa, yaya. ¡¿Qué ocurre?!
- Llamaba para sugerirte que, este verano,...
- NOOOOOOOO...
- Iremos, como el año pasado, a comer todas las tardes helados italianos a la Calle Delicias.
- (pum pum, pum pum, pum) Sí, yaya. Sí...
Qué cruel puede ser a veces el maldito azar.
Como os decía, hubo una época en la que yo me creía la artífice de todo este tinglado llamado (también por mi, of course) siesque.
Su protagonista era como yo.
¡Utilizaba el siesque! ¡Todos los días! ¡Para 'manipular' todas esas cosas que quería que ocurrieran y que a ella le atormentaban!
Y entonces me di cuenta de más cosas (a parte de que Jean-Pierre Jeunet es un poco repetitivo).
Todos somos tan increíblemente parecidos. Pocos de nosotros somos especiales.
Las mismas ocurrencias, los mismos secretos, los mismos sentimientos cuando nos enamoramos o logramos algo que deseamos.
De pequeña me sentía especial por creer ser más imaginativa y lista que los demás.
De mayor me siento especial por haberme dado cuenta de que eso no es verdad.
Pero, en el fondo, sigo siendo como esa niña.
Porque todos, también, somos increíblemente distintos.
Seguro que no hay otra bloguera como yo titulando así el post de hoy;)
Y va muy en serio, convencida estoy. Qué sí, qué sí.
"Si este post consigue más de quince comentarios, es que siempre seré feliz"
¡Besos para todos!
En el próximo post, prometo a una démodé menos ñoña ;)